viernes, 24 de abril de 2009

El vuelo

Un extraño impulso de la existencia: el miedo

Claudia Guillén

La tarea de un crítico literario es de por sí difícil, pues tiene la responsabilidad de desentrañar mundos que en mayor o menor medida se acercan, o no, a su estética. Me parece que, en algunos casos, la imposibilidad de hacerlo puede despertarle ciertos temores que se reiteran cada vez que abre de nuevo el libro en cuestión y éste lo hace dudar. Con el tiempo y el ejercicio continuo estos sentimientos desaparecen, pero es probable que algún rescoldo de ellos perdure en el inconsciente del lector especializado. Me explico: en una primera impresión pareciera que estos personajes ostentan una seguridad que se transforma en una extraña conciencia, pues sin dudarlo califican si una obra es de calidad, o bien la denuestan; pero, ¿qué pasa cuándo se equivocan, o simplemente con el paso de los años cambian de opinión? Tal vez en ese momento experimentan cierto temor de volverse a equivocar, de no ser asertivos, de no consolidarse y de que su opinión deje de ser autorizada. Sin ser sólo potestad de los críticos, las dudas y los temores son emociones que, entremezcladas, nos llevan a experimentar algún tipo de miedo. Entiendo que esta premisa es un poco aventurada, y que tomar a los críticos profesionales como grupo de muestra también, mas la idea me surgió a partir de la lectura de cierta obra de ficción escrita por uno de los críticos y ensayistas más prestigiados del país. Me refiero a Sergio González Rodríguez, quien nos entrega la novela El vuelo, publicada en Literatura Mondadori, cuyo eje temático es el miedo; no el del crítico, sino el del protagonista que vive otras épocas y se ve involucrado en el entonces incipiente contrabando de cocaína.
González Rodríguez ha transitado sin ninguna dificultad entre el ensayo, el periodismo, la crítica literaria y la ficción. Recordemos que en su libro Huesos en el desierto realiza un ejercicio periodístico de gran envergadura y, al mismo tiempo, un relato trabajado con la profundidad que se requiere en un tema tan controvertido y plagado de inconsistencias, que el autor resuelve al paso de las páginas; o su novela La pandilla cósmica, donde alude a la Ciudad de México, la noche y sus sinsabores, estableciendo un vínculo entre la ficción realista y la narración fantástica. Hay otros autores que también han utilizado esta gran urbe como escenario de sus relatos: Rafael Pérez Gay, siempre introduciendo una ironía puntual que se agradece; Guillermo Fadanelli, irónico y con una aparente molestia continua; Cristina Rivera Garza, quien nos da un espectro por momentos desconcertante de la ciudad. Sergio González Rodríguez se une sin tropiezos a este grupo de voces que ya forman una rama sólida dentro del árbol de nuestra literatura contemporánea.
En El vuelo el autor nos ofrece una aparente trama principal que se desarrolla a principios de la década de los sesenta, sin dejar de lado los elementos que han sido constantes en su obra: la noche y los personajes densos que se mueven en ella, quienes se complejizan, aún más porque cargan el peso de una doble conciencia: habitan la realidad y, a la vez, un mundo propio casi onírico, quizá con el afán de desprenderse de la aridez de la primera. Se trata, pues, de personajes que podrían pertenecer a cualquier clasificación basada en las estructuras mentales del mexicano que, como sabemos, olvida con una facilidad francamente inusitada.
El vuelo intercala elementos extraídos de la realidad con otros, producto de una fantasía bastante desbordada. El protagonista –Rafael Asunción Silva–, encuentra en el barrio de la Merced una forma de vida que le permite dignificar su economía: el narcotráfico. Este peculiar traficante se enamora perdidamente de Andrea Barón, situación sentimental a partir de la cual se desencadenan varios conflictos que propician la salida a escena de una pequeña legión de personajes, tan diversos como complejos. Entre ellos destaca El Señor, político importante que mueve todos los hilos de este mundo de los comerciantes de estupefacientes. Gracias a su presencia, el autor consigue entretejer en su relato la relación entre los poderosos y los jodidos que se reparten el negocio del narcotráfico en uno de los barrios emblemáticos de la capital mexicana. Mientras este teje y maneje de los bajos fondos se desenvuelve página tras página, la trama se ve salpicada de guiños hacia la filosofía católica, de escenas donde la magia se confunde con la brujería, y viceversa; de pasajes donde toman la palabra el amor y el desamor y, a manera de fondo de todo lo anterior, el miedo se introduce como un elemento constante entre los personajes que saben que pueden perder la vida en cualquier momento. El temor constante es una sensación poderosa, casi palpable, que comparten las creaturas de González Rodríguez en esta novela; sin embargo, Rafael Asunción Silva la experimenta de un modo distinto: a él su miedo se le encaja en el cerebro, permitiéndole olvidarse por momentos de sus acciones para regresar a un pretérito aparentemente olvidado: el de su infancia. En la estructura narrativa de El vuelo se plantea el desdoblamiento del protagonista, quien mata y no lo recuerda, quien transita por las calles de Panamá teniendo como testigos siempre a otros, nunca a su propia memoria.
Llama la atención el aliento lírico que hincha de vida y belleza a las páginas de la novela. La prosa de Sergio González Rodríguez no sólo es fluida; línea tras línea aparece cargada con imágenes, metáforas y figuras poéticas que le permiten recrear una ciudad ya relegada, casi desaparecida de nuestra memoria, que perdura sólo en el recuerdo de quienes habrán de olvidarla muy pronto. Este lenguaje imaginativo refuerza asimismo las relaciones entre los personajes, que se plantean a partir de sus miedos y ambiciones personales, donde pobres y ricos anhelan el control sobre todo su universo antes de que les llegue el momento de desaparecer. Aunque una historia como ésta, surgida en apariencia de las páginas de la crónica negra, podría prestarse para llenar las páginas de la violencia explícita inherente al contrabando y quienes lo ejecutan, el discurso poético del autor coloca el acento en el ámbito literario. La violencia está presente, sí, pero no como un eje, sino como un componente natural de ese mundo en pugna constante, donde los individuos se arrebatan a costa de lo que sea cada minuto de poder y cada peso que circula de mano en mano.
Doña Asunción es un personaje que representa el pasado en el barrio de La Merced. Poco a poco, todos han ido desapareciendo y ella sigue ahí, como una suerte de culto a la memoria del México convulso anterior al medio siglo. Se le considera dotada de poderes adivinatorios, o de una sabiduría tal, que le permite entrever las conductas humanas. Por ello, pareciera una suerte de bruja que predice el futuro de los demás, sin que necesariamente tenga que recurrir a la magia para saber qué es lo que puede ocurrir en ese triángulo existencial donde el amor, el dinero y el poder se unen para luego destrozarse. Como en los libros anteriores del autor, el sentimiento amoroso es trágico y totalmente entregado. De alguna manera, Sergio González Rodríguez parece decir a sus lectores que no existe la posibilidad de tenerlo todo –ni dinero ni poder ni, menos, amor– por tiempo indefinido, que sólo se gozan, si acaso, algunos instantes semejantes a los que recordamos en los sueños.
El miedo como eje emocional de los personajes los orilla, al igual que un estallido, a dar rienda suelta a otras emociones para emprender, aunque sea por un momento, el camino directo a la tranquilidad. Se trata de un miedo profundo, un miedo permanente, un miedo sutil, un miedo volátil: el Miedo, con mayúsculas. En El vuelo la mente del protagonista parece albergar todas sus variantes posibles sin que ninguna de ellas pierda su autonomía. Es como si el interior de Rafael Asunción Silva fuera semejante a un criadero de sensaciones y sentimientos donde confluyen el pasado –su pasado– que ya consideraba sepultado en el olvido, y un presente donde lo obsesiona la idea de retirarse del negocio para vivir tranquilo en el otro lado, en la frontera con Ciudad Juárez, en El Paso que, como lo hace patente González Rodríguez al momento de narrarlo, sería el sitio ideal para palpar dos realidades, igual que si se cortara una manzana por la mitad: no hay posibilidad de unirlas, pues fueron separadas y cada una tomó su rumbo. Sin embargo, la tragedia impide al protagonista y a su amante llevar a cabo ese sueño que, hoy por hoy, sigue vigente en la esperanza de muchos mexicanos.
El vuelo no es una novela policiaca, ni fantástica, aunque en ella el autor haga gala de su oficio para sintetizar la realidad del bajo mundo con los ámbitos de la evasión. Se trata de una suerte de relato híbrido que nos recuerda, palabra por palabra, que tratándose de una novela sobran las clasificaciones por tema, por tendencia, por género o subgénero, cuando una buena historia ha sido narrada con pasión, oficio y eficacia. La prosa del autor resulta afortunada porque sabe qué tono adquirir en cada momento. En estas páginas hay ritmo, hay tensión, hay trama, hay conflicto y un desenlace que sorprenderá a muchos. Con ellas, Sergio González da un paso más en su ya de por sí consolidada carrera, para mostrarnos que el miedo puede incentivar no sólo ciertos espacios de la mente, sino también de la literatura.

Sergio González Rodríguez. El vuelo. México: Literatura Mondadori, 2008. 162p.

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