El origen del pánico
Claudia Guillén
“La realidad desborda a la ficción”, pareciera que esta frase es un lugar común al que hemos acudido cientos de veces para explicarnos lo que aparentemente no tiene explicación, o cuando menos carece de un sustento lógico. Tras esta idea podríamos acuñar, también, otro enunciado que se presenta como moneda de cambio en nuestros días: “La violencia desborda a la realidad”. Sin embargo, tendríamos que establecer a qué realidad nos referimos, pues parece que tan sólo en nuestro país los ciudadanos viven muy diversas situaciones, y algunas de ellas no tienen nada que ver con la violencia.
Si realizamos una rápida revisión de los narradores mexicanos contemporáneos que involucran la violencia realista en sus textos, veríamos que quizá son los menos –hablo de quienes toman como eje de sus narraciones esa violencia explícita que pareciera vivirse tan sólo en algunas regiones de nuestra patria, suponiendo, sin conceder, que la literatura fuera una suerte de mapa referencial del contexto social en que vivimos–. Entonces acudiríamos a los libros de Vicente Leñero, Élmer Mendoza, Juan José Rodríguez, Eduardo Antonio Parra, Guillermo Fadanelli, Mario González Suárez, Norma Lazo, Cristina Rivera Garza y Sergio González Rodríguez. Todos ellos han hurgado en los vericuetos de la violencia, para trasladarla a la literatura y, con ello, otorgarle un sentido estético. En algunos casos esta trasposición es más sutil que en otros, aunque su piso sea el mismo: el peligro y la brutalidad que acechan directamente a sus personajes.
Dejando a un lado la ficción, otro género donde podemos abrevar en textos de gran calidad sobre la violencia y sus consecuencias es el ensayo, que, recorriendo diferentes épocas de la humanidad, ha abordado el tema de manera frontal. Éste es el género –mezclado de tanto en tanto con la crónica y la investigación periodística–, que eligió Sergio González Rodríguez para su nuevo libro, El hombre sin cabeza, con el fin de integrarnos en el cosmos enrarecido del terror donde la decapitación surge como el elemento límite de la barbarie que el país vive actualmente. Como sabemos, este autor ha incidido en la observación del crimen y la violencia en México desde distintas plataformas y puntos de vista –ya sea a través de la ficción, con sus novelas La noche oculta, El triángulo imperfecto y El Vuelo; o del ensayo, con Huesos en el desierto–. Es decir, González Rodríguez no trabaja con este libro en tierra árida; por el contrario, su terreno es fértil, conocido para él, y en el manejo de los hilos que se entretejen en términos de violencia es un observador que se ha convertido en experto cuando se trata de esos hechos que queremos evitar y sólo enfrentar cómodamente a través de la lectura de un libro.
El hombre sin cabeza enuncia, entre otras premisas, que los grupos que se dedican a violentar a otros, y a la sociedad entera, utilizan como motivación los mismos actos de muerte que llevan a cabo. Me explico: la sangre de sus víctimas los enaltece, se vuelve para ellos una razón vital para existir, una suerte de elíxir que les permite “sentir que están vivos” y que son capaces de tomar en propia mano la vida de un tercero sin que medie ningún escrúpulo. Lo curioso es que, en el testimonio que González Rodríguez recoge de un “Decapitador”, éste manifiesta que no siente ninguna conmoción al momento de ejecutar, aunque sí se bebe varios tequilas para atontarse o, por qué no, para darse valor; a pesar de que niega que en su interior se genere ningún tipo de sentimiento. Se trata tan sólo de su trabajo, y lo cumple cabalmente.
Al paso de la lectura de los cinco apartados que componen El hombre sin cabeza, encontramos una revisión exhaustiva de la violencia desde épocas remotas hasta el presente en diferentes culturas. A esto se aúna el registro de la transformación a través del tiempo de las reacciones que despiertan los actos violentos en el ser humano. Para llevar a cabo esta revisión, González Rodríguez se vale no sólo de literatura, sino también utiliza referencias recurrentes a la pintura, como un parámetro de análisis de la estética de la violencia que está empatada con el periodo en que el artista plástico toma otros elementos para plasmar su imagen, me refiero al siglo XVIII. De igual forma, integra los ejercicios fílmicos que dejan un claro y contundente testimonio de la ejecución, y nos muestra el recurso más moderno del que se han valido tanto la cultura occidental como la árabe con objeto de dejar plasmados para la posteridad actos que aterrorizan, por medio de una cámara que no pierde detalle, que nos muestra la angustia de la víctima, la impasibilidad del verdugo y la sangre que brota del cuerpo desmembrado como un anuncio de que el “espectáculo” finalizó.
Como decía líneas arriba, el registro bibliográfico y reflexivo de El hombre sin cabeza es exhaustivo; no obstante, la mayor parte de sus páginas se concentra en nuestro país –epicentro de los movimientos violentos en los últimos años–, donde el autor da cuenta de las diversas manifestaciones de la barbarie que se viven en el presente. Sobre todo me refiero a “Casa quemada”, ensayo con el que el libro cierra. En él podemos adentrarnos, sin tropiezo alguno, en la realidad del México contemporáneo, que no abandona sus ritos ancestrales y los mezcla con las pulsiones modernas para rendirle culto tanto a la Santa Muerte como a Malverde, ambos santos laicos que han sido producto de la necesidad de fusionar lo antiguo con lo actual y de aliviar esa sensación, soterrada quizá, de desamparo que embarga a cualquiera que pertenezca al grupo de los “verdugos”: los que decapitan, los que tiene como ley el cumplir con su deber, los que no van a perder su trabajo, los que ganan el dinero que nunca hubieran obtenido por una labor “normal”. No olvidemos que la mayor parte de ellos, salvo los jefes de las organizaciones –y en ocasiones incluso ni ellos–, se caracterizan por una grave falta de educación formal, lo que no les permite ver más allá de sus necesidades inmediatas. No se trata, pues –según se lee en El hombre sin cabeza–, de una falta de escrúpulos sin sustento, sino de que no existe nada que medie entre sus expectativas de vida y la moral que rige a casi todos los que han podido acceder a una educación sólida. Como si esta carencia existencial se hubiera convertido en una suerte de costra moral que les permite, a quienes ejecutan, librar sin el menor remordimiento su función como cortadores de cabezas, siempre amparados bajo la protección de la Santa Muerte y de Malverde.
Sin adjetivos morales, no debería extrañarnos que quien mata se sienta cobijado por la Santa Muerte, que lo recibirá ahora y en un futuro no muy remoto. A través de la lectura de El hombre sin cabeza nos enteramos también de que la fe, o el fanatismo, por estos santos descalificados por la Iglesia Católica ha crecido recientemente: en muchas partes de esta gran urbe podemos encontrar altares que hacen honores a quienes han cuidado de los “decapitadotes” o “verdugos”. Cualquiera necesita un refugio, y parece que estas figuras dan las certezas necesarias a quienes lidian con la muerte en lo que puede asemejarse a quien realiza un deporte de manera cotidiana. Además, se está elevando la imagen de la muerte a una primera posición en los altares, como en su momento los hicieron nuestros antepasados antes de la Conquista.
González Rodríguez diserta sobre el simbolismo de la decapitación. No sólo habla de este fenómeno en lo que respecta al presente, sino de cómo se le fue dando a la cabeza un valor único en diversas culturas e instantes de la historia hasta llegar a la sofisticación que nos remite a la guillotina, que deja atrás formas poco modernas. Sin embargo, el autor de La pandilla cósmica nos hace ver en este libro cómo el hombre ha vuelto a lo primitivo: la decapitación vuelve a ser un acto simbólico, donde un hombre usa su fuerza y pericia para ejecutar a otro cortándole la cabeza. Y mientras más sencilla sea la forma de su ejecución, habrá un valor intrínseco en quien la perpetra, con lo que hay un retroceso al pasado, aunque la modernidad esté a la vuelta de la esquina. Los utensilios cambiaron, pero no el fin de la acción. Asimismo, González Rodríguez reflexiona sobre cómo la belleza y la estética pueden, de alguna forma, suscitar actos de barbarie. Es decir, a través de la imagen, la violencia logra una estética que en ocasiones puede alcanzar la belleza.
Sergio González agrega a todo lo antes dicho un relato intimista acompañado por una prosa fluida. Es decir, con las reflexiones y diatribas se intercala el mundo de sus recuerdos de infancia y familiares. Con ello logra que el lector se vaya involucrando con el texto de manera más personal. Desconozco si el autor tuvo esta intención, lo que sí se asienta es que en este libro, más allá de su alta calidad literaria, la verdad se da como un elemento de valor y un eje de la narración. Y esa verdad incluye la propia vida del autor por más momentos íntimos que se revelen así como la verdad de la violencia que nos puede llevar de la mano al origen del pánico.
González Rodríguez, Sergio. El hombre sin cabeza. Barcelona: Anagrama, 2009. 186pp.
viernes, 24 de abril de 2009
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