Las paredes vestidas de arena
Claudia Guillén
La realidad contemporánea da la impresión de desbordarnos a algunos, a otros parece apretarlos como una camisa de fuerza, y seguramente habrá quienes se ubiquen en la comodidad que otorga el punto medio. En más de una ocasión me he preguntado si el bombardeo de información y los constantes descubrimientos tecnológicos, científicos y médicos no nos sitúan en un mundo confuso del que ya no es posible asirse. Un mundo que abre paso a los juegos más extraños de la mente. Un mundo que genera satisfacciones, pero también crea muchas necesidades. Un mundo que trastoca las percepciones al grado de trasformarlas en actos de violencia, incapacidad para compartir espacios con quienes nos rodean, nostalgia por un pasado no vivido, miedos que nos acercan a la locura, o bien a estadios de evasión ondulantes.
Los territorios de la mente son amplios y se expanden con toda libertad en nuestras acciones más simples y cotidianas, en hechos que nos perturban hasta casi enloquecernos. Incluso quizá podríamos identificar algunas diferencias de percepción sobre diversos eventos entre el género masculino y el femenino; es decir, los miedos de los hombres se engloban en campos distintos a los de las mujeres, pues la forma en que unos y otras habitamos este mundo nos da pie para distinguir este sentimiento de distinta manera. La mujer de hoy carga con sus miedos ancestrales correspondientes, y con ellos lucha día a día con objeto de sobrevivir en esta sociedad moderna. Esta circunstancia la ha llevado a evolucionar para enfrentar los reclamos que se generan en la actualidad. Es, pues, un ser independiente de los demás, pero dependiente de su propios temores y de la transformación de éstos, como podemos verlo reflejado en la primera novela de Daniela Tarazona (1975), El animal sobre la piedra, editada bajo el sello Almadía.
Quisiera detenerme un poco para realizar una escueta revisión de los temas que se le plantean a la generación de narradores a la cual pertenece esta joven escritora: nacidos en la década de los setenta, en sus obras trasladan la realidad contemporánea a pensamientos que van de la mano con el inconciente colectivo, y sin problema se desplazan de una perspectiva a otra con la intención de no ser encasillados en una corriente, afirmando su individualidad artística. No obstante, comparten su gusto por tomar esos mecanismos mentales como eje de sus relatos para traducirlos en buena literatura. Es decir, algunos de los temas mencionados líneas arriba han quedado plasmados en sus libros. Pienso en Luis Jorge Boone con La noche caníbal, Guadalupe Nettel con El huésped, Antonio Ortuño con Recursos humanos, Rafael Lemus con Informe, José Ramón Ruisánchez con Nada cruel, Luis Felipe Lomelí con Cuaderno de Flores y la propia Daniela Tarazona. Creo que quien se acerque a estos títulos vislumbrará en sus páginas el desconcierto de una generación traducido en historias realistas, pero proyectado con un tratamiento que lo distingue de su contexto social porque cada uno de ellos ha encontrado un elemento distinto para complejizarlo.
La novela El animal sobre la piedra no es la excepción: sus páginas se dedican a desentrañar algunos de los misterios que atacan la mente después de que ésta ha sufrido un duro golpe emocional. Irma, la protagonista, nos habla en primera persona de las experiencias a las que se enfrentó después de la muerte de su madre. El duro golpe la lleva a experimentar cambios drásticos, no sólo en su conducta cotidiana sino también físicamente: su piel adquiere texturas inusitadas y, mientras el cambio se da sorprendiéndola y sorprendiéndonos a los lectores, ella comparte la vida cotidiana con su pareja de la que desconocemos el nombre (si acaso sabemos que se trata de un hombre rubio) y con Lisandro, un oso hormiguero que funge como mascota de ambos, acercándose más a una imagen onírica que a un ser real. La piedra, el mar, el sol y la arena son sus escenarios para convivir y ser testigos del cambio que sufre cada quien, incluyendo a Lisandro, quien con el paso de las páginas se va convirtiendo en un ser entrañable también para nosotros. Con una prosa puntual que nos adentra en las atmósferas propias de la protagonista, Daniela Tarazona nos introduce en una serie de pensamientos conexos e inconexos que, al concatenarse en un discurso de gran fuerza literaria, dan veracidad a este relato.
La historia se narra a través de un diario que permite al lector obtener de primera mano el punto de vista de la protagonista. Por momentos no sabemos si lo escribe en ese pequeño hogar que ha formado con su pareja y Lisandro, o bien desde el cuarto de un hospital donde se halla internada. Es ahí donde la pericia narrativa de Tarazona logra mezclar los espacios físicos y los de la mente para convertirlos en uno mismo. Qué importa que sea el hospital o esa otra realidad que procede de sus delirios: lo que nos interesa conocer es la historia de su metamorfosis. Así como el tiempo del relato no es lineal, los pensamientos de Irma tampoco; sólo sabemos lo que piensa a través de su punto de vista. No existe otro en la novela: el diario no da cabida para integrar otras voces; únicamente la de la protagonista y sus propios desdoblamientos.
En esta obra encontramos un retrato fiel de la conducta de un ser humano cuando por alguna circunstancia decide abandonar la realidad para que su mente divague por nuevos espacios, generados a partir del deseo de construir otra que la aleje del dolor y el vacío de esas cuatro paredes blancas de hospital que ella viste de arena. Se trata de una ruta de escape que la adentra en un viaje hacia un lugar muy distinto, donde lleva una vida casi normal mientras se adapta a las nuevas condiciones de su cuerpo. Acostumbrarse a caminar con dos patas cuando se ha convertido en un animal rastrero cubierto por una piel dura, es un ejercicio que consume el tiempo de la protagonista pero también le desata un sinnúmero de placeres. Irma debe aparentar ante la gente del pueblo costeño donde vive que es una mujer normal. Sus cambios sólo pueden ser advertidos por su compañero y Lisandro.
Daniela Tarazona lleva a cabo un ejercicio de gran envergadura. A través del diario de su protagonista –preciso por el lenguaje que utiliza, pero también por su punto de vista–, la escritora nos muestra cómo quien decide huir de la realidad debe ser capaz de crear sus propias alternativas y convertirse en un personaje pleno y feliz, salvo cuando recuerda el pasado del que ya se encuentra tan ajeno en cuerpo y espíritu. En su casa cerca del mar, Irma también se integra a una cotidianidad cercana a lo tradicional, aunque no deja de lado el goce de sus largas exposiciones al sol mientras descansa sobre una piedra. Ese es el espacio que elige para sentirse más cómoda: ahí su cambio físico tiene un aliado, ahí su imaginación se convierte en una realidad fantástica que la ayuda a lidiar con sus recuerdos, con el tiempo pretérito “cuando era otra persona” y perdió a su madre y a su hermana.
El animal sobre la piedra no se reduce a una idea interesante transformada en una buena obra inaugural. A través de su lectura es fácil advertir que se trata de un ejercicio literario que se viene gestando desde hace tiempo: el manejo técnico, la estructura y la precisión del lenguaje nos hablan de un largo aprendizaje, de una meditación paciente y de un trabajo arduo. Entre otros aciertos, la autora nos entrega un relato narrado con eficacia desde el punto de vista de la locura. Los delirios e imaginaciones de la protagonista cobran vida gracias a la contundencia y a la lógica de sus reflexiones, cuya perspectiva se vuelve casi realista, y a la construcción de un contexto adecuado. El lector se mantiene interesado del inicio al final porque Tarazona recrea situaciones que, encadenadas, cuentan con una lógica interna indestructible. El uso de la primera persona nos coloca frente al mundo trastocado de una mente enferma que se dispara a partir de procesos dolorosos, como la muerte. Sin embargo, el constante juego de cercanía-distancia con la realidad consigue trazar un conflicto que sólo se resuelve al final, mientras la prosa fluye en favor de la historia. Tarazona da un tratamiento verosímil a dos realidades opuestas sin hacerlas tropezar, sin exhibir demasiado sus contradicciones evidentes, sólo mostrándolas, con lo que su relato adquiere una tensión sostenida y creciente, y una veracidad que sólo puede alcanzarse cuando hay detrás un trabajo literario sólido.
Daniela Tarazona ha publicado una primera novela que quizá sea el germen de muchos relatos donde el tratamiento sicológico de los personajes sea el material literario a desarrollar. El animal sobre la piedra es un ejercicio que da para muchas lecturas, por su gran calidad literaria y una propuesta temática tan arriesgada. Creo que, en mi caso, me quedaré con la satisfacción de haber leído una historia que, como en un juego de cajas chinas, saca a la luz una realidad dentro de otra, que en primera instancia parecería inverosímil, pero que con el desarrollo de la trama se vuelve tan palpable y atractiva que uno podría desear vivirla, aunque fuera por un momento: esa realidad inmersa en un cuarto con paredes aparentemente pintadas de arena que, como una piel endurecida o un caparazón de insecto, protegen a quien lo habita del miedo que le da el mundo a su alrededor, ese miedo que cada uno de nosotros ha experimentado en incontables ocasiones.
Tarazona, Daniela. El animal sobre la piedra. México: Alamdía, 2008. 170p.
viernes, 24 de abril de 2009
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