viernes, 5 de junio de 2009

Veré si puedo subir la imagen de mi libro


Pasa el tiempo y sigo sin entenderme con estas nuevas modalidades de escritura.

viernes, 24 de abril de 2009

El animal sobre la piedra

Las paredes vestidas de arena

Claudia Guillén

La realidad contemporánea da la impresión de desbordarnos a algunos, a otros parece apretarlos como una camisa de fuerza, y seguramente habrá quienes se ubiquen en la comodidad que otorga el punto medio. En más de una ocasión me he preguntado si el bombardeo de información y los constantes descubrimientos tecnológicos, científicos y médicos no nos sitúan en un mundo confuso del que ya no es posible asirse. Un mundo que abre paso a los juegos más extraños de la mente. Un mundo que genera satisfacciones, pero también crea muchas necesidades. Un mundo que trastoca las percepciones al grado de trasformarlas en actos de violencia, incapacidad para compartir espacios con quienes nos rodean, nostalgia por un pasado no vivido, miedos que nos acercan a la locura, o bien a estadios de evasión ondulantes.
Los territorios de la mente son amplios y se expanden con toda libertad en nuestras acciones más simples y cotidianas, en hechos que nos perturban hasta casi enloquecernos. Incluso quizá podríamos identificar algunas diferencias de percepción sobre diversos eventos entre el género masculino y el femenino; es decir, los miedos de los hombres se engloban en campos distintos a los de las mujeres, pues la forma en que unos y otras habitamos este mundo nos da pie para distinguir este sentimiento de distinta manera. La mujer de hoy carga con sus miedos ancestrales correspondientes, y con ellos lucha día a día con objeto de sobrevivir en esta sociedad moderna. Esta circunstancia la ha llevado a evolucionar para enfrentar los reclamos que se generan en la actualidad. Es, pues, un ser independiente de los demás, pero dependiente de su propios temores y de la transformación de éstos, como podemos verlo reflejado en la primera novela de Daniela Tarazona (1975), El animal sobre la piedra, editada bajo el sello Almadía.
Quisiera detenerme un poco para realizar una escueta revisión de los temas que se le plantean a la generación de narradores a la cual pertenece esta joven escritora: nacidos en la década de los setenta, en sus obras trasladan la realidad contemporánea a pensamientos que van de la mano con el inconciente colectivo, y sin problema se desplazan de una perspectiva a otra con la intención de no ser encasillados en una corriente, afirmando su individualidad artística. No obstante, comparten su gusto por tomar esos mecanismos mentales como eje de sus relatos para traducirlos en buena literatura. Es decir, algunos de los temas mencionados líneas arriba han quedado plasmados en sus libros. Pienso en Luis Jorge Boone con La noche caníbal, Guadalupe Nettel con El huésped, Antonio Ortuño con Recursos humanos, Rafael Lemus con Informe, José Ramón Ruisánchez con Nada cruel, Luis Felipe Lomelí con Cuaderno de Flores y la propia Daniela Tarazona. Creo que quien se acerque a estos títulos vislumbrará en sus páginas el desconcierto de una generación traducido en historias realistas, pero proyectado con un tratamiento que lo distingue de su contexto social porque cada uno de ellos ha encontrado un elemento distinto para complejizarlo.
La novela El animal sobre la piedra no es la excepción: sus páginas se dedican a desentrañar algunos de los misterios que atacan la mente después de que ésta ha sufrido un duro golpe emocional. Irma, la protagonista, nos habla en primera persona de las experiencias a las que se enfrentó después de la muerte de su madre. El duro golpe la lleva a experimentar cambios drásticos, no sólo en su conducta cotidiana sino también físicamente: su piel adquiere texturas inusitadas y, mientras el cambio se da sorprendiéndola y sorprendiéndonos a los lectores, ella comparte la vida cotidiana con su pareja de la que desconocemos el nombre (si acaso sabemos que se trata de un hombre rubio) y con Lisandro, un oso hormiguero que funge como mascota de ambos, acercándose más a una imagen onírica que a un ser real. La piedra, el mar, el sol y la arena son sus escenarios para convivir y ser testigos del cambio que sufre cada quien, incluyendo a Lisandro, quien con el paso de las páginas se va convirtiendo en un ser entrañable también para nosotros. Con una prosa puntual que nos adentra en las atmósferas propias de la protagonista, Daniela Tarazona nos introduce en una serie de pensamientos conexos e inconexos que, al concatenarse en un discurso de gran fuerza literaria, dan veracidad a este relato.
La historia se narra a través de un diario que permite al lector obtener de primera mano el punto de vista de la protagonista. Por momentos no sabemos si lo escribe en ese pequeño hogar que ha formado con su pareja y Lisandro, o bien desde el cuarto de un hospital donde se halla internada. Es ahí donde la pericia narrativa de Tarazona logra mezclar los espacios físicos y los de la mente para convertirlos en uno mismo. Qué importa que sea el hospital o esa otra realidad que procede de sus delirios: lo que nos interesa conocer es la historia de su metamorfosis. Así como el tiempo del relato no es lineal, los pensamientos de Irma tampoco; sólo sabemos lo que piensa a través de su punto de vista. No existe otro en la novela: el diario no da cabida para integrar otras voces; únicamente la de la protagonista y sus propios desdoblamientos.
En esta obra encontramos un retrato fiel de la conducta de un ser humano cuando por alguna circunstancia decide abandonar la realidad para que su mente divague por nuevos espacios, generados a partir del deseo de construir otra que la aleje del dolor y el vacío de esas cuatro paredes blancas de hospital que ella viste de arena. Se trata de una ruta de escape que la adentra en un viaje hacia un lugar muy distinto, donde lleva una vida casi normal mientras se adapta a las nuevas condiciones de su cuerpo. Acostumbrarse a caminar con dos patas cuando se ha convertido en un animal rastrero cubierto por una piel dura, es un ejercicio que consume el tiempo de la protagonista pero también le desata un sinnúmero de placeres. Irma debe aparentar ante la gente del pueblo costeño donde vive que es una mujer normal. Sus cambios sólo pueden ser advertidos por su compañero y Lisandro.
Daniela Tarazona lleva a cabo un ejercicio de gran envergadura. A través del diario de su protagonista –preciso por el lenguaje que utiliza, pero también por su punto de vista–, la escritora nos muestra cómo quien decide huir de la realidad debe ser capaz de crear sus propias alternativas y convertirse en un personaje pleno y feliz, salvo cuando recuerda el pasado del que ya se encuentra tan ajeno en cuerpo y espíritu. En su casa cerca del mar, Irma también se integra a una cotidianidad cercana a lo tradicional, aunque no deja de lado el goce de sus largas exposiciones al sol mientras descansa sobre una piedra. Ese es el espacio que elige para sentirse más cómoda: ahí su cambio físico tiene un aliado, ahí su imaginación se convierte en una realidad fantástica que la ayuda a lidiar con sus recuerdos, con el tiempo pretérito “cuando era otra persona” y perdió a su madre y a su hermana.
El animal sobre la piedra no se reduce a una idea interesante transformada en una buena obra inaugural. A través de su lectura es fácil advertir que se trata de un ejercicio literario que se viene gestando desde hace tiempo: el manejo técnico, la estructura y la precisión del lenguaje nos hablan de un largo aprendizaje, de una meditación paciente y de un trabajo arduo. Entre otros aciertos, la autora nos entrega un relato narrado con eficacia desde el punto de vista de la locura. Los delirios e imaginaciones de la protagonista cobran vida gracias a la contundencia y a la lógica de sus reflexiones, cuya perspectiva se vuelve casi realista, y a la construcción de un contexto adecuado. El lector se mantiene interesado del inicio al final porque Tarazona recrea situaciones que, encadenadas, cuentan con una lógica interna indestructible. El uso de la primera persona nos coloca frente al mundo trastocado de una mente enferma que se dispara a partir de procesos dolorosos, como la muerte. Sin embargo, el constante juego de cercanía-distancia con la realidad consigue trazar un conflicto que sólo se resuelve al final, mientras la prosa fluye en favor de la historia. Tarazona da un tratamiento verosímil a dos realidades opuestas sin hacerlas tropezar, sin exhibir demasiado sus contradicciones evidentes, sólo mostrándolas, con lo que su relato adquiere una tensión sostenida y creciente, y una veracidad que sólo puede alcanzarse cuando hay detrás un trabajo literario sólido.
Daniela Tarazona ha publicado una primera novela que quizá sea el germen de muchos relatos donde el tratamiento sicológico de los personajes sea el material literario a desarrollar. El animal sobre la piedra es un ejercicio que da para muchas lecturas, por su gran calidad literaria y una propuesta temática tan arriesgada. Creo que, en mi caso, me quedaré con la satisfacción de haber leído una historia que, como en un juego de cajas chinas, saca a la luz una realidad dentro de otra, que en primera instancia parecería inverosímil, pero que con el desarrollo de la trama se vuelve tan palpable y atractiva que uno podría desear vivirla, aunque fuera por un momento: esa realidad inmersa en un cuarto con paredes aparentemente pintadas de arena que, como una piel endurecida o un caparazón de insecto, protegen a quien lo habita del miedo que le da el mundo a su alrededor, ese miedo que cada uno de nosotros ha experimentado en incontables ocasiones.


Tarazona, Daniela. El animal sobre la piedra. México: Alamdía, 2008. 170p.

Alguien tiene que perder

Las tribus casi olvidadas
Claudia Guillén

En todas las sociedades observamos que se forman pequeños grupos para convivir diariamente. Desde el principio de los tiempos, se trata de un instinto que mueve al hombre para sentirse protegido de ese estado de vulnerabilidad que lo atenaza desde el momento en que nace. Así se fueron dando las tribus, las familias, los gremios, instituciones que aparentan ser grandes fortalezas que permiten vivir de una mejor manera; después vienen los grupos de amigos que se integran a partir de las afinidades. Es decir, los carpinteros se unen con los carpinteros, los médicos con los médicos, los abogados con abogados, y así sucesivamente hasta llegar a una infinidad de combinaciones que dan pie a una o varias subculturas que se unen a partir de un interés en común.
En el caso de los artistas, sabemos que se acoplan y se critican entre ellos como una suerte de tribu que, por decir lo menos, parece contar con facilidad especial para destruir a sus oponentes. Se les reconocen personalidades difíciles en el trato pues poseen un don que les permitirá, según algunos, pasar a la posteridad. Pero esa “posteridad” sólo incluye a una minoría, más allá de que se piense que no es así: si hacemos un pequeño ejercicio, podemos darnos cuenta, por ejemplo, de que en la literatura hay una cantidad inmensa de autores olvidados que, en sus épocas de gloria, todo apuntaba a que pasarían a los siglos posteriores como grandes ejemplos de escritura. Cuántos de estos grandes autores ya ni siquiera son reconocidos, y si acaso lo son, es porque se en las páginas de un manual, o bien, su obra halla extraviada en alguna librería de viejo. Los migrantes conforman otra tribu un tanto distinta pues, dependiendo de la tierra a la que llegan, su suerte puede cambiar de forma sustancial. Son hombres y mujeres que buscan desesperados una mejor forma de vida, más allá de las tribulaciones que conllleva estar fuera de la patria, lejos de sus recuerdos tempranos, para habitar en un país que normalmente se porta hostil con ellos, como si los considerara algo así como la banda de Aladino y su 40 ladrones que ha llegado a robar tanto el espacio como el aire de quienes sí pertenecen a la tierra que los recibe a regañadientes.
Los dos últimos ejemplos de lo que llamaremos “tribus” se trasladan a la ficción en Alguien tiene que perder, de César Gándara (1971), editado por Jus. Este autor sonorense ha tenido una larga trayectoria tanto en el campo de las letras como en el académico. Ha publicado El Reyno, libro de cuentos para niños, así como El viento, volumen de relatos, donde ya se hace presente una obsesión narrativa que lo lleva a tratar mundos descarnados, y por momentos desoladores, pero en los que encontramos ciertos toques de ironía que permiten al lector seguir adentrándose en unas realidades que por lo regular tratamos de evadir.
En esta su última entrega, la voz de Gándara se consolida aún más para mostrarnos escenarios que conducen a sus personajes a vivir historias que parecieran tanto disparatadas como entrañables. Alguien tiene que perder se integra de dos largos relatos. Abre con “La senda de David”, historia contada a través de la omnisciencia de una manera ágil, con un lenguaje cuajado de giros coloquiales que logran un tono jocoso y desenfadado, como el relato lo requiere. Aborda la vida de un profesionista, ya consolidado en su área de trabajo, cuyo entorno y expectativas cambian radicalmente al momento en que lee El Quijote y decide dejar toda su existencia anterior atrás para dedicarse de lleno a un oficio que ni siquiera conocía: la literatura. Claro, nunca antes ha escrito, y para hacerlo necesita conocer cuáles son los pasos del camino al éxito en este nuevo oficio. Va a una librería y busca los títulos que lo puedan ayudar a tomar las decisiones adecuadas. Incluso, junto con su mujer, Santa, piensa en el nombre artístico que deberá usar de ahora en adelante. Así, se van desencadenando los hechos, y David Reynosa consigue su primer gran éxito con una novela titulada Su madre lo sabía. Alcanza su sueño, después la cima y, por último, un estrepitoso derrumbe. Durante el desarrollo, a esta historia central se unen como satélites otras que permiten dar un panorama completo de las actitudes humanas de ciertos escritores y la sociología del mundo literario. Me explico: Gándara presenta los valores que para cada uno de sus personajes son importantes, más allá de que tengan que traicionar, mentir o envidiar según el desenvolvimiento de la trama. La única meta del protagonista es ser un escritor reconocido.
Mencionaba líneas arriba que otro grupo que llama la atención de Gándara es el de los migrantes. Siendo el autor de origen norteño, pensaríamos que su punto de vista estaría vinculado con el país vecino, pues se trata de una realidad que vivió día a día. Sin embargo, no es así. En “Como pez en el agua”, el autor sonorense ubica a sus personajes en España. Al igual que en “La senda de David”, una estructura narrativa fragmentaria, atomizada, le permite insertar varias historias para componer un cosmos que nos permite una visión global de los sinsabores que le tocan vivir a todo extranjero llegado a la Península Ibérica en busca de una vida más amable. Así, en un ámbito al mismo tiempo cerrado y abierto conviven venezolanos, árabes, un mexicano y españoles en una suerte de “tribu” cuyo rasgo más característico es el de no pertenecer a la Comunidad Europea. Los personajes se transforman en una suerte de peste a la que hay que alejar; y ellos, los húngaros, árabes y latinoamericanos, tienen que fundar su propia patria. No hay manera de sobrevivir de otro modo, o por lo menos así se percibe en el relato. Como aquellos primeros grupos que se formaron para evadir el estado humano de vulnerabilidad.
Las dos piezas que constituyen Alguien tiene que perder son fuertes; no sólo por su calidad literaria, sino porque en ellos se percibe una constante que quizá podría ser el hilo conductor de la narrativa de César Gándara: el encono, la desesperanza y la frustración, sentimientos que se entrelazan sin tropiezos mostrándonos un mundo mucho más cercano a la realidad que se pretende tener día con día. Como su nombre lo indica, Alguien tiene que perder agrupa a estas “tribus” que van del amor al odio, del triunfo a la derrota, de la mediocridad a los pequeños éxitos, del todo a la nada. Sin hacer concesiones, el autor nos plantea un universo cargado por los opuestos, sin dar cabida a un punto medio. Su mirada se ocupa de quienes casi a diario vemos sin ver, porque cuando estamos frente a ellos nos seguimos de largo. Sólo el sentido del humor le quita densidad a las tribulaciones de sus personajes. En ambos textos el lenguaje fluye permanentemente como el de quien cuenta una leyenda.
Sin duda la literatura mexicana contemporánea está añadiendo nuevas voces a su tradición: voces que se muestran preocupadas por las circunstancias que las desbordan; autores que se interesan por traspasar lo inmediato, obsesionados por narrar historias que nos sacuden, nos violentan y, por supuesto, nos interesan. César Gándara no es la excepción; por el contrario, su escritura reafirma que nuestro universo literario se está acrecentando con historias que nos permiten introducirnos en otras culturas sin salir de la propia; otras culturas que nos parecen tan ajenas, pero que son parte misma de quien las narra y de todos sus testigos a través de la lectura. Esperemos que este autor mantenga esa curiosidad literaria que nos ayuda, si no a comprender, por lo menos a conocer la complejidad de los procesos que debe vivir el ser humano para pertenecer a un grupo o, más bien, a muchas de las tantas tribus casi olvidadas.

















Gándara, César. Alguien tiene que perder. México: Editorial Jus, 2008. 84 p.

El vuelo

Un extraño impulso de la existencia: el miedo

Claudia Guillén

La tarea de un crítico literario es de por sí difícil, pues tiene la responsabilidad de desentrañar mundos que en mayor o menor medida se acercan, o no, a su estética. Me parece que, en algunos casos, la imposibilidad de hacerlo puede despertarle ciertos temores que se reiteran cada vez que abre de nuevo el libro en cuestión y éste lo hace dudar. Con el tiempo y el ejercicio continuo estos sentimientos desaparecen, pero es probable que algún rescoldo de ellos perdure en el inconsciente del lector especializado. Me explico: en una primera impresión pareciera que estos personajes ostentan una seguridad que se transforma en una extraña conciencia, pues sin dudarlo califican si una obra es de calidad, o bien la denuestan; pero, ¿qué pasa cuándo se equivocan, o simplemente con el paso de los años cambian de opinión? Tal vez en ese momento experimentan cierto temor de volverse a equivocar, de no ser asertivos, de no consolidarse y de que su opinión deje de ser autorizada. Sin ser sólo potestad de los críticos, las dudas y los temores son emociones que, entremezcladas, nos llevan a experimentar algún tipo de miedo. Entiendo que esta premisa es un poco aventurada, y que tomar a los críticos profesionales como grupo de muestra también, mas la idea me surgió a partir de la lectura de cierta obra de ficción escrita por uno de los críticos y ensayistas más prestigiados del país. Me refiero a Sergio González Rodríguez, quien nos entrega la novela El vuelo, publicada en Literatura Mondadori, cuyo eje temático es el miedo; no el del crítico, sino el del protagonista que vive otras épocas y se ve involucrado en el entonces incipiente contrabando de cocaína.
González Rodríguez ha transitado sin ninguna dificultad entre el ensayo, el periodismo, la crítica literaria y la ficción. Recordemos que en su libro Huesos en el desierto realiza un ejercicio periodístico de gran envergadura y, al mismo tiempo, un relato trabajado con la profundidad que se requiere en un tema tan controvertido y plagado de inconsistencias, que el autor resuelve al paso de las páginas; o su novela La pandilla cósmica, donde alude a la Ciudad de México, la noche y sus sinsabores, estableciendo un vínculo entre la ficción realista y la narración fantástica. Hay otros autores que también han utilizado esta gran urbe como escenario de sus relatos: Rafael Pérez Gay, siempre introduciendo una ironía puntual que se agradece; Guillermo Fadanelli, irónico y con una aparente molestia continua; Cristina Rivera Garza, quien nos da un espectro por momentos desconcertante de la ciudad. Sergio González Rodríguez se une sin tropiezos a este grupo de voces que ya forman una rama sólida dentro del árbol de nuestra literatura contemporánea.
En El vuelo el autor nos ofrece una aparente trama principal que se desarrolla a principios de la década de los sesenta, sin dejar de lado los elementos que han sido constantes en su obra: la noche y los personajes densos que se mueven en ella, quienes se complejizan, aún más porque cargan el peso de una doble conciencia: habitan la realidad y, a la vez, un mundo propio casi onírico, quizá con el afán de desprenderse de la aridez de la primera. Se trata, pues, de personajes que podrían pertenecer a cualquier clasificación basada en las estructuras mentales del mexicano que, como sabemos, olvida con una facilidad francamente inusitada.
El vuelo intercala elementos extraídos de la realidad con otros, producto de una fantasía bastante desbordada. El protagonista –Rafael Asunción Silva–, encuentra en el barrio de la Merced una forma de vida que le permite dignificar su economía: el narcotráfico. Este peculiar traficante se enamora perdidamente de Andrea Barón, situación sentimental a partir de la cual se desencadenan varios conflictos que propician la salida a escena de una pequeña legión de personajes, tan diversos como complejos. Entre ellos destaca El Señor, político importante que mueve todos los hilos de este mundo de los comerciantes de estupefacientes. Gracias a su presencia, el autor consigue entretejer en su relato la relación entre los poderosos y los jodidos que se reparten el negocio del narcotráfico en uno de los barrios emblemáticos de la capital mexicana. Mientras este teje y maneje de los bajos fondos se desenvuelve página tras página, la trama se ve salpicada de guiños hacia la filosofía católica, de escenas donde la magia se confunde con la brujería, y viceversa; de pasajes donde toman la palabra el amor y el desamor y, a manera de fondo de todo lo anterior, el miedo se introduce como un elemento constante entre los personajes que saben que pueden perder la vida en cualquier momento. El temor constante es una sensación poderosa, casi palpable, que comparten las creaturas de González Rodríguez en esta novela; sin embargo, Rafael Asunción Silva la experimenta de un modo distinto: a él su miedo se le encaja en el cerebro, permitiéndole olvidarse por momentos de sus acciones para regresar a un pretérito aparentemente olvidado: el de su infancia. En la estructura narrativa de El vuelo se plantea el desdoblamiento del protagonista, quien mata y no lo recuerda, quien transita por las calles de Panamá teniendo como testigos siempre a otros, nunca a su propia memoria.
Llama la atención el aliento lírico que hincha de vida y belleza a las páginas de la novela. La prosa de Sergio González Rodríguez no sólo es fluida; línea tras línea aparece cargada con imágenes, metáforas y figuras poéticas que le permiten recrear una ciudad ya relegada, casi desaparecida de nuestra memoria, que perdura sólo en el recuerdo de quienes habrán de olvidarla muy pronto. Este lenguaje imaginativo refuerza asimismo las relaciones entre los personajes, que se plantean a partir de sus miedos y ambiciones personales, donde pobres y ricos anhelan el control sobre todo su universo antes de que les llegue el momento de desaparecer. Aunque una historia como ésta, surgida en apariencia de las páginas de la crónica negra, podría prestarse para llenar las páginas de la violencia explícita inherente al contrabando y quienes lo ejecutan, el discurso poético del autor coloca el acento en el ámbito literario. La violencia está presente, sí, pero no como un eje, sino como un componente natural de ese mundo en pugna constante, donde los individuos se arrebatan a costa de lo que sea cada minuto de poder y cada peso que circula de mano en mano.
Doña Asunción es un personaje que representa el pasado en el barrio de La Merced. Poco a poco, todos han ido desapareciendo y ella sigue ahí, como una suerte de culto a la memoria del México convulso anterior al medio siglo. Se le considera dotada de poderes adivinatorios, o de una sabiduría tal, que le permite entrever las conductas humanas. Por ello, pareciera una suerte de bruja que predice el futuro de los demás, sin que necesariamente tenga que recurrir a la magia para saber qué es lo que puede ocurrir en ese triángulo existencial donde el amor, el dinero y el poder se unen para luego destrozarse. Como en los libros anteriores del autor, el sentimiento amoroso es trágico y totalmente entregado. De alguna manera, Sergio González Rodríguez parece decir a sus lectores que no existe la posibilidad de tenerlo todo –ni dinero ni poder ni, menos, amor– por tiempo indefinido, que sólo se gozan, si acaso, algunos instantes semejantes a los que recordamos en los sueños.
El miedo como eje emocional de los personajes los orilla, al igual que un estallido, a dar rienda suelta a otras emociones para emprender, aunque sea por un momento, el camino directo a la tranquilidad. Se trata de un miedo profundo, un miedo permanente, un miedo sutil, un miedo volátil: el Miedo, con mayúsculas. En El vuelo la mente del protagonista parece albergar todas sus variantes posibles sin que ninguna de ellas pierda su autonomía. Es como si el interior de Rafael Asunción Silva fuera semejante a un criadero de sensaciones y sentimientos donde confluyen el pasado –su pasado– que ya consideraba sepultado en el olvido, y un presente donde lo obsesiona la idea de retirarse del negocio para vivir tranquilo en el otro lado, en la frontera con Ciudad Juárez, en El Paso que, como lo hace patente González Rodríguez al momento de narrarlo, sería el sitio ideal para palpar dos realidades, igual que si se cortara una manzana por la mitad: no hay posibilidad de unirlas, pues fueron separadas y cada una tomó su rumbo. Sin embargo, la tragedia impide al protagonista y a su amante llevar a cabo ese sueño que, hoy por hoy, sigue vigente en la esperanza de muchos mexicanos.
El vuelo no es una novela policiaca, ni fantástica, aunque en ella el autor haga gala de su oficio para sintetizar la realidad del bajo mundo con los ámbitos de la evasión. Se trata de una suerte de relato híbrido que nos recuerda, palabra por palabra, que tratándose de una novela sobran las clasificaciones por tema, por tendencia, por género o subgénero, cuando una buena historia ha sido narrada con pasión, oficio y eficacia. La prosa del autor resulta afortunada porque sabe qué tono adquirir en cada momento. En estas páginas hay ritmo, hay tensión, hay trama, hay conflicto y un desenlace que sorprenderá a muchos. Con ellas, Sergio González da un paso más en su ya de por sí consolidada carrera, para mostrarnos que el miedo puede incentivar no sólo ciertos espacios de la mente, sino también de la literatura.

Sergio González Rodríguez. El vuelo. México: Literatura Mondadori, 2008. 162p.

Todo. Nada

Universos de alto contraste
Claudia Guillén



Los vínculos emocionales que establecemos a lo largo de nuestra vida, con el paso de los años se fortalecen o modifican, y quizás hasta se anulan. Si bien no podríamos establecer un canon a este respecto, por lo regular las personas que conviven con nosotros se van sin que haya manera de detenerlas. Por otro lado, ¿en cuántas ocasiones hemos habitado entornos donde nuestras relaciones nos engrandecen o nos anulan?, ¿en cuántas otras el tiempo nos permite maquillarlas con matices agradables o desagradables? Sin duda, la mayoría de nosotros contamos por lo menos con una relación entrañable, memorable, más allá de su destino final. Quizá las primeras, o las más tempranas, se establecen con el padre o la madre o los abuelos, seres que definitivamente nos resultan decisivos, pues con una especial generosidad nos muestran la vida en nuestros primeros años.
Al ser el de las relaciones filiales un tema que nos incumbe a todos, no es de extrañar que dos grandes autores de origen judío hayan tomado a su padre como pretexto para llevar a cabo dos ejercicios narrativos. Me refiero a Philip Roth, en su libro Patrimonio, y a Franz Kafka en Carta al padre, obras que, aunque coinciden en el referente, apuntan hacia una intención distinta. Como sabemos, Roth narra el decaimiento de su padre y relata el día a día de ese hombre, quien fue motivo de una gran admiración para su hijo, y que en el momento de la narración se halla en franca decadencia, rumbo a la muerte. Por su parte, el autor nacido en Praga realiza en su texto una estremecedora catarsis de lo que representó la convivencia con su progenitor, un hombre autoritario e intimidante. Es decir, Kafka asume en forma abierta una suerte de diatriba literaria en contra del autor de sus días. En ambos casos los narradores escriben testimonios de primera mano y, con ello, dan pie a que muchos de sus lectores nos sintamos identificados con una u otro de las partes o, acaso, por momentos, con ambas. Sin soslayar la extensa gama de obras literarias que utilizan como eje la relación con el padre o la madre, menciono estos libros porque representan, antes que nada, un ejercicio de honestidad, más que intelectual, existencial, que cada vez es más difícil de encontrar.
Cito asimismo a este par de extraordinarios escritores como un homenaje a Emilio Nasar, médico gastroenterólogo y apasionado lector, que además es el protagonista de la novela Todo nada, de Brenda Lozano (1981), editada por Tusquets. Esta joven, pero experimentada autora, lleva un largo recorrido en el camino de la literatura en sus menos de tres décadas de vida: es narradora y ensayista; sus textos han aparecido en diversas antologías, así como en las revistas Nexos y Letras Libres, por mencionar sólo algunas. Ha sido además, como se desprende de la lectura de su obra, una lectora insaciable. Tal vez por ello este relato aborda no sólo la relación de una joven con un abuelo difícil, sino también se constituye en homenaje a la gran literatura y a muchos de los autores imprescindibles.
Emilio Nasar muere un domingo por la mañana. Su muerte desata en su nieta Emilia una serie de reflexiones que nos conducen hacia el pasado que ambos compartieron, un pasado que comprende el final del camino del anciano y el inicio del mismo para la muchacha. Por medio de una prosa al principio entrecortada, telegráfica, como para representar el shock de la pérdida y el peso del luto, pero que conforme se avanza en las páginas va ganando mucho en fluidez y precisión, Brenda Lozano establece la distancia generacional entre las perspectivas del abuelo y de la nieta, con lo que imprime al relato una tensión constante que lo vuelve conmovedor y entrañable. Parecería que don Emilio fuera el estereotipo de muchos abuelos –o más bien de pocos–, porque a través de su trastocado punto de vista lo percibimos como un ser capaz de transitar ciertas obsesiones que lo hacen un hombre muy peculiar. Cuando pensamos en un abuelo de setenta y dos años, amoroso con su nieta y alejado de los demás, quizá no nos detenemos a pensar que en su biografía puede haber zonas muy oscuras, pero en Todo nada el pasado que da sustento a esa biografía representa una suerte de alto contraste con el cariño y admiración que se profesan tanto nieta como abuelo, lo que es uno de los aciertos más logrados de la novela. Es decir, el lector presiente –por actitudes y algunos recuerdos explícitos– que ese médico, quien se ufana de ser el mejor en su profesión y un gran amante de la literatura, no quiere ni puede cargar con su existencia pretérita. Sus actos del presente insinúan esa existencia, pero al mismo tiempo parecen restarle peso a los errores cometidos.
Brenda Lozano se vale de un lenguaje que por momentos es bastante coloquial, que le da pie para algunos giros poéticos muy efectivos, y también para otorgar su propia voz personal a cada personaje, lo que a su vez refuerza la unión de dos mundos opuestos unidos gracias al cariño y la admiración que existe entre ambos. Sorprende la destreza de la autora para pasar de uno a otro sin tropiezos, y salir airosa al momento de llegar a la síntesis. Las obsesiones de la joven Emilia, quien ha experimentado un par de amores arrebatados y conflictivos, tejen las líneas argumentales que conforman el contexto de la historia de los últimos tiempos que vive con su abuelo. Así, la frescura de una se equilibra con la experiencia del otro. Ni siquiera la muerte de don Emilio se interpone en la comunicación tan estrecha que han conseguido establecer, pues tras su deceso él la “llama por teléfono” desde algún sitio recóndito, el único donde se siente cómodo dentro del universo onírico de su nieta. Soñar que nuestros muertos viven es un lugar común para quien ha experimentado pérdidas definitivas, pero que ese sueño derive en una historia donde el lector pueda sentir que acompaña a los protagonistas en cada momento y en cada emoción, sólo se da cuando hay verdadero instinto narrativo, como resulta evidente en el caso de Brenda Lozano.
A través de las páginas de Todo nada, mientras deambulamos al lado de Emilia y don Emilio, recorremos en forma muy vívida la Ciudad de México de años atrás, penetramos a espacios como la Casa Bell o el restaurante Bellinghausen, así como también los sitios donde se reúnen los jóvenes de hoy a cantar al micrófono canciones frente a un público que los aplaude sólo por el afán de pasar bien la noche. La sobriedad y la relajación. Don Emilio es exigente con el café con leche; Emilia actúa como un testigo absorto de los recuerdos del abuelo, que de alguna manera están perfilando su carácter en formación, el carácter de la niña que alguna vez quiso ser sirvienta y que terminó estudiando literatura en la Universidad Nacional. La lógica de estos personajes no es la común, quizá por ello el relato nos produce un sutil extrañamiento que lo vuelve más atractivo, más memorable –resulta difícil recordar textos cuyos personajes sean planos y aburridos–. Emilia y don Emilio son el uno para el otro: se consuelan, se buscan, se sienten, se contagian y se quieren.
Escribir una buena primera novela no es asunto menor, y menos cuando se cuenta con menos de treinta años de edad. Si a ello se le añade que el relato denota una madurez muy particular, estamos ante un doble acierto. Inicié estas líneas mencionando la importancia de los seres que amamos y cómo estos dejan una huella importante en nuestras vidas. No sé si Brenda Lozano, como en el caso de Roth y de Kafka, haya vivido una experiencia tan estremecedora de primera mano; lo que sí sé es que Todo nada se lee como si así hubiera sido: la eficacia del relato así lo hace parecer.
Para mi fortuna –y creo que para la de muchos lectores–, las nuevas generaciones de narradores están dando frutos de calidad. La cosecha crece. Esperemos que se nutra y enriquezca cada día más. El primer paso ya está dado y, según leo, el camino será largo. Mi entusiasmo, evidente, sólo puede ser producto de un buen trabajo literario, y universos narrativos como el que contienen las páginas de Todo nada, de la joven Brenda Lozano, no hacen sino acrecentarlo página tras página.


Brenda Lozano. Todo nada. Tusquets Ediciones. México. 2009. 153 pp.

El dilema de Houdini...

Escapar, esperar o huir
Claudia Guillén

Entre las narradoras mexicanas nacidas en la década de los sesenta existe un abanico temático y estilístico que muestra la inmensa variedad de puntos de vista literarios ante la época que les ha tocado reflejar. Me refiero, por mencionar sólo a algunos, al punto de vista de Cristina Rivera Garza, al de Rosa Beltrán, al de Ana Clavel, al de Ana García Bergua, al de Gabriela Vallejo Cervantes y al de Patricia Laurent, todas ellas integrantes de una generación que ha sabido plasmar tanto sus perspectivas como sus obsesiones temáticas propias en libros perdurables. Al nacer en una década tan emblemática, han sido testigos privilegiados del modo en que las teorías políticas, las transformaciones geográficas y los avances tecnológicos influyen en el ser humano, suscitando los cambios de conductas sociales correspondientes, más radicales que en cualquier época histórica.
A pesar de que estas autoras comparten un mismo contexto, su imaginario se diversifica al estar vinculado no sólo con las percepciones inmediatas propias, sino también con los diversos aspectos que conforman su biografía e intereses. Así, tratar de integrarlas en un único espacio temático resultaría no nada más complicado, sino imposible. Cada una de ellas ha echado mano de distintos utensilios literarios, estrategias personales, técnicas propias, aunque juntas hayan conseguido construir una literatura original, diferente de la que se había escrito antes, diversa y de alta calidad.
Entre ellas destaca Norma Lazo, quien este año publica El dilema de Houdini, en la colección de Literatura Mondadori. También autora de Sin clemencia, los crímenes que conmocionaron a México, Norma Lazo cursó Sicología, carrera que ejerce como analista, y ha colaborado con textos de ficción y ensayos en diarios de circulación nacional como Reforma y El Universal, y en las revistas Nexos y Etcétera; asimismo, fue fundadora de la revista Complot. Su ya larga trayectoria le ha permitido acumular una experiencia sólida que la ayuda a transitar sin tropiezos de un oficio a otro. En lo que respecta al literario, su novela El dolor es un triángulo equilátero obtuvo el Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares, 2007.
Norma Lazo hurga con claridad y precisión en temas cuyas consecuencias no nos gusta vislumbrar, aunque siempre forman parte del comportamiento, o de los comportamientos humanos. Por ejemplo, el abuso de un ser sobre otro u otros (más débiles) en todas sus modalidades, constituye la premisa de la que se desprende el relato antes mencionado. Ahora, con El dilema de Houdini, la intuición narrativa y el universo de ficción de la autora se reafirman para mostrarnos otra realidad que la obsesiona: la de los que viven en el límite, reconociéndose entre ellos como un grupo aparte de los “normales”; un grupo que sobrevive compartiendo cómodamente sus fobias, tristezas y abandonos.
Por medio de un lenguaje sencillo, abundante en reflexiones y autoanálisis que siembran en el lector la duda de si no pertenecerá también él al mismo clan, Norma Lazo despliega una atmósfera dura, fuerte, en la que sus personajes se sienten atados, entre sí y cada uno por su propio camino, a una depresión que se origina en los obstáculos que han tenido que enfrentar a lo largo de su vida. En el tiempo interno de la trama, Silvia, la narradora y protagonista de la historia, pasa por una etapa muy dura, ya que ha perdido a Lorenzo, su pareja, debido a una cirrosis hepática congénita. Las pastillas para levantar su ánimo y aplacar los nervios se han convertido en una suerte de coraza que recubre su alma. El despertar, día a día, le resulta extenuante porque la realidad la desborda; y, sin embargo, ella cuenta con dos queridos amigos, Carmelo y Sebastián, quienes al haber tenido también experiencias dolorosas la comprenden o, por lo menos, intuyen que son parte de un grupo que comparten desdichas similares. No obstante, entre toda esta desolación la autora juega con el lector, pues Silvia se dedica a editar libros de autoayuda que, como se lee al pasar de las páginas, no le sirven a ella ni a nadie para nada, o por lo menos así lo piensa la protagonista.
La mirada de Silvia nos permite conocer la vida de Sebastián y Carmelo. El punto de reunión es un lugar nocturno llamado El Gran Houdini, donde Sebastián toca el piano y padece sus adicciones al alcohol, a la cocaína y al juego, mientras intenta soportar el peso de un pasado en el que perteneció a una familia cuyos padres intelectuales lo impulsaban a pasar de niño “superdotado” a hombre de éxito. En El Gran Houdini Carmelo realiza a su vez actos de magia y destreza que lo liberan de un hogar que lo tiene castrado, donde una mujer a la que no ama lo espera para bombardearlo con reproches y reclamos.
Así, en las circunstancias de cada uno de los personajes, la tentación de la huída, la necesidad de encontrar una ruta adecuada para llevarla a cabo y la desolación se yerguen como los ejes temáticos que sostienen la existencia de quienes, curiosamente, encuentran cobijo en un sitio que lleva el nombre de uno de los más grandes escapistas de todos los tiempos, quien quizá tampoco pudo huir de la agonía interna que lo persiguió siempre, sin importar que se tratara de un hombre capaz de lograr lo imposible.
Conforme transcurre la lectura, Silvia, Carmelo y Sebastián, que al principio nos resultaban un tanto lejanos, consiguen acercarse al lector gracias a la pericia narrativa de Norma Lazo. Me explico: las biografías ficticias que la autora nos va narrando ponen su acento en situaciones que, al desnudar el espíritu de cada uno de los protagonistas, nos permiten conocerlos a cabalidad. Es así como surge la sensación de empatía en el lector que, de pronto, se siente un actor más en este drama psicológico. Ellos se saben atrapados; quieren salir de su oscuridad buscando algunas soluciones. Por lo tanto, la historia que se cuenta en El dilema de Houdini no es del todo sombría, también hay momentos de luz y, por qué no, quizás hasta de esperanza: la novela es semejante a un retrato, muy bien delineado, de lo que viven quienes habitan urbes como nuestra megalópolis.
Llama la atención que el eje temporal del relato se establezca prácticamente en un solo día, y que las escenas posteriores sean tan sólo consecuencia de las acciones que se llevaron a cabo en él: un tigre de Bengala escapa y todos están alarmados por su paradero. Silvia sigue las noticias con atención, y de ahí se derivan los diversos pensamientos que la conducen a recrear su vida pasada y la de la suerte de clan que se ha formado a partir de las malas experiencias. Al desarrollar la trama a partir de elementos tan escasos, Norma Lazo da una muestra de su capacidad de síntesis y de una gran economía de lenguaje literario.
Como dije líneas arriba, El dilema de Houdini es una novela que nos lleva a reflexionar sobre las complejidades del ser humano, pero en realidad su gran aportación es el modo en que la autora logra un perfil sicológico detallado para adentrarnos en la mente de cada uno de sus protagonistas. Durante la lectura nos encontramos con circunstancias que no nos resultan del todo ajenas, sino incluso familiares (por ejemplo, hace poco se escapó un león de un circo de Toluca). La voz de Norma Lazo lleva a cabo, así, un ejercicio de envergadura: nos desgrana meticulosamente la vida de tres personajes que parecen acabados, pero cuya vida y experiencia los vuelve atractivos para el lector.
El abanico de autoras nacidas en la década de los sesenta cuenta, en El dilema de Houdini, con una obra más que enriquece la buena literatura mexicana contemporánea; una literatura que, hoy por hoy, comprende tanto la de los escritores mayores como la de quienes, nacidos en décadas posteriores, empiezan a dar a la imprenta sus primeros frutos. El panorama es rico, alentador, y Norma Lazo destaca en él como una narradora de calidad probada y obras difíciles de olvidar.

Lazo, Norma. El dilema de Houdini. México: Mondadori, 2009.

El hombre sin cabeza

El origen del pánico
Claudia Guillén

“La realidad desborda a la ficción”, pareciera que esta frase es un lugar común al que hemos acudido cientos de veces para explicarnos lo que aparentemente no tiene explicación, o cuando menos carece de un sustento lógico. Tras esta idea podríamos acuñar, también, otro enunciado que se presenta como moneda de cambio en nuestros días: “La violencia desborda a la realidad”. Sin embargo, tendríamos que establecer a qué realidad nos referimos, pues parece que tan sólo en nuestro país los ciudadanos viven muy diversas situaciones, y algunas de ellas no tienen nada que ver con la violencia.
Si realizamos una rápida revisión de los narradores mexicanos contemporáneos que involucran la violencia realista en sus textos, veríamos que quizá son los menos –hablo de quienes toman como eje de sus narraciones esa violencia explícita que pareciera vivirse tan sólo en algunas regiones de nuestra patria, suponiendo, sin conceder, que la literatura fuera una suerte de mapa referencial del contexto social en que vivimos–. Entonces acudiríamos a los libros de Vicente Leñero, Élmer Mendoza, Juan José Rodríguez, Eduardo Antonio Parra, Guillermo Fadanelli, Mario González Suárez, Norma Lazo, Cristina Rivera Garza y Sergio González Rodríguez. Todos ellos han hurgado en los vericuetos de la violencia, para trasladarla a la literatura y, con ello, otorgarle un sentido estético. En algunos casos esta trasposición es más sutil que en otros, aunque su piso sea el mismo: el peligro y la brutalidad que acechan directamente a sus personajes.
Dejando a un lado la ficción, otro género donde podemos abrevar en textos de gran calidad sobre la violencia y sus consecuencias es el ensayo, que, recorriendo diferentes épocas de la humanidad, ha abordado el tema de manera frontal. Éste es el género –mezclado de tanto en tanto con la crónica y la investigación periodística–, que eligió Sergio González Rodríguez para su nuevo libro, El hombre sin cabeza, con el fin de integrarnos en el cosmos enrarecido del terror donde la decapitación surge como el elemento límite de la barbarie que el país vive actualmente. Como sabemos, este autor ha incidido en la observación del crimen y la violencia en México desde distintas plataformas y puntos de vista –ya sea a través de la ficción, con sus novelas La noche oculta, El triángulo imperfecto y El Vuelo; o del ensayo, con Huesos en el desierto–. Es decir, González Rodríguez no trabaja con este libro en tierra árida; por el contrario, su terreno es fértil, conocido para él, y en el manejo de los hilos que se entretejen en términos de violencia es un observador que se ha convertido en experto cuando se trata de esos hechos que queremos evitar y sólo enfrentar cómodamente a través de la lectura de un libro.
El hombre sin cabeza enuncia, entre otras premisas, que los grupos que se dedican a violentar a otros, y a la sociedad entera, utilizan como motivación los mismos actos de muerte que llevan a cabo. Me explico: la sangre de sus víctimas los enaltece, se vuelve para ellos una razón vital para existir, una suerte de elíxir que les permite “sentir que están vivos” y que son capaces de tomar en propia mano la vida de un tercero sin que medie ningún escrúpulo. Lo curioso es que, en el testimonio que González Rodríguez recoge de un “Decapitador”, éste manifiesta que no siente ninguna conmoción al momento de ejecutar, aunque sí se bebe varios tequilas para atontarse o, por qué no, para darse valor; a pesar de que niega que en su interior se genere ningún tipo de sentimiento. Se trata tan sólo de su trabajo, y lo cumple cabalmente.
Al paso de la lectura de los cinco apartados que componen El hombre sin cabeza, encontramos una revisión exhaustiva de la violencia desde épocas remotas hasta el presente en diferentes culturas. A esto se aúna el registro de la transformación a través del tiempo de las reacciones que despiertan los actos violentos en el ser humano. Para llevar a cabo esta revisión, González Rodríguez se vale no sólo de literatura, sino también utiliza referencias recurrentes a la pintura, como un parámetro de análisis de la estética de la violencia que está empatada con el periodo en que el artista plástico toma otros elementos para plasmar su imagen, me refiero al siglo XVIII. De igual forma, integra los ejercicios fílmicos que dejan un claro y contundente testimonio de la ejecución, y nos muestra el recurso más moderno del que se han valido tanto la cultura occidental como la árabe con objeto de dejar plasmados para la posteridad actos que aterrorizan, por medio de una cámara que no pierde detalle, que nos muestra la angustia de la víctima, la impasibilidad del verdugo y la sangre que brota del cuerpo desmembrado como un anuncio de que el “espectáculo” finalizó.
Como decía líneas arriba, el registro bibliográfico y reflexivo de El hombre sin cabeza es exhaustivo; no obstante, la mayor parte de sus páginas se concentra en nuestro país –epicentro de los movimientos violentos en los últimos años–, donde el autor da cuenta de las diversas manifestaciones de la barbarie que se viven en el presente. Sobre todo me refiero a “Casa quemada”, ensayo con el que el libro cierra. En él podemos adentrarnos, sin tropiezo alguno, en la realidad del México contemporáneo, que no abandona sus ritos ancestrales y los mezcla con las pulsiones modernas para rendirle culto tanto a la Santa Muerte como a Malverde, ambos santos laicos que han sido producto de la necesidad de fusionar lo antiguo con lo actual y de aliviar esa sensación, soterrada quizá, de desamparo que embarga a cualquiera que pertenezca al grupo de los “verdugos”: los que decapitan, los que tiene como ley el cumplir con su deber, los que no van a perder su trabajo, los que ganan el dinero que nunca hubieran obtenido por una labor “normal”. No olvidemos que la mayor parte de ellos, salvo los jefes de las organizaciones –y en ocasiones incluso ni ellos–, se caracterizan por una grave falta de educación formal, lo que no les permite ver más allá de sus necesidades inmediatas. No se trata, pues –según se lee en El hombre sin cabeza–, de una falta de escrúpulos sin sustento, sino de que no existe nada que medie entre sus expectativas de vida y la moral que rige a casi todos los que han podido acceder a una educación sólida. Como si esta carencia existencial se hubiera convertido en una suerte de costra moral que les permite, a quienes ejecutan, librar sin el menor remordimiento su función como cortadores de cabezas, siempre amparados bajo la protección de la Santa Muerte y de Malverde.
Sin adjetivos morales, no debería extrañarnos que quien mata se sienta cobijado por la Santa Muerte, que lo recibirá ahora y en un futuro no muy remoto. A través de la lectura de El hombre sin cabeza nos enteramos también de que la fe, o el fanatismo, por estos santos descalificados por la Iglesia Católica ha crecido recientemente: en muchas partes de esta gran urbe podemos encontrar altares que hacen honores a quienes han cuidado de los “decapitadotes” o “verdugos”. Cualquiera necesita un refugio, y parece que estas figuras dan las certezas necesarias a quienes lidian con la muerte en lo que puede asemejarse a quien realiza un deporte de manera cotidiana. Además, se está elevando la imagen de la muerte a una primera posición en los altares, como en su momento los hicieron nuestros antepasados antes de la Conquista.
González Rodríguez diserta sobre el simbolismo de la decapitación. No sólo habla de este fenómeno en lo que respecta al presente, sino de cómo se le fue dando a la cabeza un valor único en diversas culturas e instantes de la historia hasta llegar a la sofisticación que nos remite a la guillotina, que deja atrás formas poco modernas. Sin embargo, el autor de La pandilla cósmica nos hace ver en este libro cómo el hombre ha vuelto a lo primitivo: la decapitación vuelve a ser un acto simbólico, donde un hombre usa su fuerza y pericia para ejecutar a otro cortándole la cabeza. Y mientras más sencilla sea la forma de su ejecución, habrá un valor intrínseco en quien la perpetra, con lo que hay un retroceso al pasado, aunque la modernidad esté a la vuelta de la esquina. Los utensilios cambiaron, pero no el fin de la acción. Asimismo, González Rodríguez reflexiona sobre cómo la belleza y la estética pueden, de alguna forma, suscitar actos de barbarie. Es decir, a través de la imagen, la violencia logra una estética que en ocasiones puede alcanzar la belleza.
Sergio González agrega a todo lo antes dicho un relato intimista acompañado por una prosa fluida. Es decir, con las reflexiones y diatribas se intercala el mundo de sus recuerdos de infancia y familiares. Con ello logra que el lector se vaya involucrando con el texto de manera más personal. Desconozco si el autor tuvo esta intención, lo que sí se asienta es que en este libro, más allá de su alta calidad literaria, la verdad se da como un elemento de valor y un eje de la narración. Y esa verdad incluye la propia vida del autor por más momentos íntimos que se revelen así como la verdad de la violencia que nos puede llevar de la mano al origen del pánico.





González Rodríguez, Sergio. El hombre sin cabeza. Barcelona: Anagrama, 2009. 186pp.

miércoles, 22 de abril de 2009

Sobre la modernidad

Este espacio, aunque viejo para muchos, representa para mí una invación a la modernidad. En él pretendo subir las reseñas de autores mexicanos que vengo publicando de dos años a la fecha. Téngame un poco de paciencia porque apenas estoy tratando de entender este proceso técnico, pero sobretodo, luchando con mi negación intelectual para estos menesteres.

Saludos

Claudia Guillén