viernes, 24 de abril de 2009

Alguien tiene que perder

Las tribus casi olvidadas
Claudia Guillén

En todas las sociedades observamos que se forman pequeños grupos para convivir diariamente. Desde el principio de los tiempos, se trata de un instinto que mueve al hombre para sentirse protegido de ese estado de vulnerabilidad que lo atenaza desde el momento en que nace. Así se fueron dando las tribus, las familias, los gremios, instituciones que aparentan ser grandes fortalezas que permiten vivir de una mejor manera; después vienen los grupos de amigos que se integran a partir de las afinidades. Es decir, los carpinteros se unen con los carpinteros, los médicos con los médicos, los abogados con abogados, y así sucesivamente hasta llegar a una infinidad de combinaciones que dan pie a una o varias subculturas que se unen a partir de un interés en común.
En el caso de los artistas, sabemos que se acoplan y se critican entre ellos como una suerte de tribu que, por decir lo menos, parece contar con facilidad especial para destruir a sus oponentes. Se les reconocen personalidades difíciles en el trato pues poseen un don que les permitirá, según algunos, pasar a la posteridad. Pero esa “posteridad” sólo incluye a una minoría, más allá de que se piense que no es así: si hacemos un pequeño ejercicio, podemos darnos cuenta, por ejemplo, de que en la literatura hay una cantidad inmensa de autores olvidados que, en sus épocas de gloria, todo apuntaba a que pasarían a los siglos posteriores como grandes ejemplos de escritura. Cuántos de estos grandes autores ya ni siquiera son reconocidos, y si acaso lo son, es porque se en las páginas de un manual, o bien, su obra halla extraviada en alguna librería de viejo. Los migrantes conforman otra tribu un tanto distinta pues, dependiendo de la tierra a la que llegan, su suerte puede cambiar de forma sustancial. Son hombres y mujeres que buscan desesperados una mejor forma de vida, más allá de las tribulaciones que conllleva estar fuera de la patria, lejos de sus recuerdos tempranos, para habitar en un país que normalmente se porta hostil con ellos, como si los considerara algo así como la banda de Aladino y su 40 ladrones que ha llegado a robar tanto el espacio como el aire de quienes sí pertenecen a la tierra que los recibe a regañadientes.
Los dos últimos ejemplos de lo que llamaremos “tribus” se trasladan a la ficción en Alguien tiene que perder, de César Gándara (1971), editado por Jus. Este autor sonorense ha tenido una larga trayectoria tanto en el campo de las letras como en el académico. Ha publicado El Reyno, libro de cuentos para niños, así como El viento, volumen de relatos, donde ya se hace presente una obsesión narrativa que lo lleva a tratar mundos descarnados, y por momentos desoladores, pero en los que encontramos ciertos toques de ironía que permiten al lector seguir adentrándose en unas realidades que por lo regular tratamos de evadir.
En esta su última entrega, la voz de Gándara se consolida aún más para mostrarnos escenarios que conducen a sus personajes a vivir historias que parecieran tanto disparatadas como entrañables. Alguien tiene que perder se integra de dos largos relatos. Abre con “La senda de David”, historia contada a través de la omnisciencia de una manera ágil, con un lenguaje cuajado de giros coloquiales que logran un tono jocoso y desenfadado, como el relato lo requiere. Aborda la vida de un profesionista, ya consolidado en su área de trabajo, cuyo entorno y expectativas cambian radicalmente al momento en que lee El Quijote y decide dejar toda su existencia anterior atrás para dedicarse de lleno a un oficio que ni siquiera conocía: la literatura. Claro, nunca antes ha escrito, y para hacerlo necesita conocer cuáles son los pasos del camino al éxito en este nuevo oficio. Va a una librería y busca los títulos que lo puedan ayudar a tomar las decisiones adecuadas. Incluso, junto con su mujer, Santa, piensa en el nombre artístico que deberá usar de ahora en adelante. Así, se van desencadenando los hechos, y David Reynosa consigue su primer gran éxito con una novela titulada Su madre lo sabía. Alcanza su sueño, después la cima y, por último, un estrepitoso derrumbe. Durante el desarrollo, a esta historia central se unen como satélites otras que permiten dar un panorama completo de las actitudes humanas de ciertos escritores y la sociología del mundo literario. Me explico: Gándara presenta los valores que para cada uno de sus personajes son importantes, más allá de que tengan que traicionar, mentir o envidiar según el desenvolvimiento de la trama. La única meta del protagonista es ser un escritor reconocido.
Mencionaba líneas arriba que otro grupo que llama la atención de Gándara es el de los migrantes. Siendo el autor de origen norteño, pensaríamos que su punto de vista estaría vinculado con el país vecino, pues se trata de una realidad que vivió día a día. Sin embargo, no es así. En “Como pez en el agua”, el autor sonorense ubica a sus personajes en España. Al igual que en “La senda de David”, una estructura narrativa fragmentaria, atomizada, le permite insertar varias historias para componer un cosmos que nos permite una visión global de los sinsabores que le tocan vivir a todo extranjero llegado a la Península Ibérica en busca de una vida más amable. Así, en un ámbito al mismo tiempo cerrado y abierto conviven venezolanos, árabes, un mexicano y españoles en una suerte de “tribu” cuyo rasgo más característico es el de no pertenecer a la Comunidad Europea. Los personajes se transforman en una suerte de peste a la que hay que alejar; y ellos, los húngaros, árabes y latinoamericanos, tienen que fundar su propia patria. No hay manera de sobrevivir de otro modo, o por lo menos así se percibe en el relato. Como aquellos primeros grupos que se formaron para evadir el estado humano de vulnerabilidad.
Las dos piezas que constituyen Alguien tiene que perder son fuertes; no sólo por su calidad literaria, sino porque en ellos se percibe una constante que quizá podría ser el hilo conductor de la narrativa de César Gándara: el encono, la desesperanza y la frustración, sentimientos que se entrelazan sin tropiezos mostrándonos un mundo mucho más cercano a la realidad que se pretende tener día con día. Como su nombre lo indica, Alguien tiene que perder agrupa a estas “tribus” que van del amor al odio, del triunfo a la derrota, de la mediocridad a los pequeños éxitos, del todo a la nada. Sin hacer concesiones, el autor nos plantea un universo cargado por los opuestos, sin dar cabida a un punto medio. Su mirada se ocupa de quienes casi a diario vemos sin ver, porque cuando estamos frente a ellos nos seguimos de largo. Sólo el sentido del humor le quita densidad a las tribulaciones de sus personajes. En ambos textos el lenguaje fluye permanentemente como el de quien cuenta una leyenda.
Sin duda la literatura mexicana contemporánea está añadiendo nuevas voces a su tradición: voces que se muestran preocupadas por las circunstancias que las desbordan; autores que se interesan por traspasar lo inmediato, obsesionados por narrar historias que nos sacuden, nos violentan y, por supuesto, nos interesan. César Gándara no es la excepción; por el contrario, su escritura reafirma que nuestro universo literario se está acrecentando con historias que nos permiten introducirnos en otras culturas sin salir de la propia; otras culturas que nos parecen tan ajenas, pero que son parte misma de quien las narra y de todos sus testigos a través de la lectura. Esperemos que este autor mantenga esa curiosidad literaria que nos ayuda, si no a comprender, por lo menos a conocer la complejidad de los procesos que debe vivir el ser humano para pertenecer a un grupo o, más bien, a muchas de las tantas tribus casi olvidadas.

















Gándara, César. Alguien tiene que perder. México: Editorial Jus, 2008. 84 p.

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